Opinión

Ganar la Guerra o Perder la paz

Publicado el

Por Florentino Paredes Reyes lunes 13 de mayo, 2019

Ante la situación de crisis en días pasados, entre la iglesia católica local y el Estado dominicano, muchos entendían que la institución de orden divino, había declarado la guerra a los gobernantes. Varios ignoran que la  relación de la Iglesia Católica con el Estado dominicano ha estado presente desde el mismo momento en que proclamamos nuestra independencia, manteniéndose la Iglesia en una dicotomía de ganar la guerra o perder la paz. La conformación del primer gobierno, que fue nombrado Junta Central Gubernativa, estuvo presidido por Tomás Bobadilla, quien estuvo casado con una hermana de quien era la máxima figura del catolicismo en esta parte de la isla, el vicario Tomás de Portes e Infante.

Juramentado como presidente del nuevo Estado, el general Pedro Santana, supo ganarse el afecto del vicario, quien por su parte, intentaba recuperar los privilegios y prerrogativas perdidos por los religiosos durante la ocupación haitiana, y gravitar de nuevo, sobre el poder civil en la naciente República Dominicana. Fue el mismo Pedro Santana, quien en años posteriores medió para que el éste, recibiera el título de arzobispo, sellando una unión táctica ambas instituciones.

Luego de la Restauración y de vivir nuestro país un clima de unidad social y política, la relación Iglesia- Estado no pudo ser mejor. Luperón como líder político y Heureaux como líder militar, lograron  que el primero  de septiembre de  1880 un sacerdote, Mons. Fernando Arturo de Meriño, ocupara la Presidencia de la República, en tiempos donde los Rojos y los Azules tomaban las decisiones en nuestro país y se buscaba tener un presidente (aunque títere) que fuera la imagen de una unidad política, que no existía.

A principios del siglo XX, cuando salimos de una dictadura como la de Heureaux y el caos intentaba adueñarse de nuestras vidas, un sacerdote, Carlos Morales Languasco, ocupó la Primera Magistratura de nuestro país, y aunque abandonó el sacerdocio y la Presidencia de muy mala manera, fue un eslabón más, de la larga cadena de unidad que ha caracterizado a la Iglesia Católica y al Estado Dominicano. Monseñor Alejandro Adolfo Nouel, fue otro de los religiosos que ocupó la presidencia e intentó conciliar en 1911, la unidad nacional, ante las divisiones que por siglos nos ha creado la política. Ratificando el pacto de acero, Estado-Iglesia en nuestro país.

Trujillo y su larga era, se ganaron el afecto de los católicos desde su llegada a la presidencia, cuando la casa presidencial estaba en la Zona Colonial. Se le celebró todo lo bueno y hasta lo malo que hizo. Esa unidad del régimen con la iglesia fue rubricada con la firma del Concordato en el 1954, un año antes de celebrar su boda de plata con el pueblo dominicano. La paz del régimen con la iglesia local, fue empañada por la megalomanía de Trujillo, cuando en enero del 1961 pidió a los Obispos que le gestionaran en el Vaticano el título de Benefactor de la Iglesia, algo que para los prelados, escapaba de sus manos.

Trujillo pudo haber sido declarado Benefactor de la Iglesia Dominicana, bastaba con que los obispos emitieran un pergamino con tal título y que el Congreso Dominicano, servil del régimen hasta la tambora, votara una ley que así lo legitimara, pero las ansias de Trujillo,  que pasaba de lo exagerada a lo ridículo, le llevó a perseguir un título que abarcaba todo el mundo católico. Es así como en un arrebato de niño malcriado, el dictador la emprendió contra sus incondicionales; echándoles en cara los privilegios sociales y los aportes económicos que había entregado, en calidad de ofrenda, durante más de treinta años. Caído el tirano, sus incondicionales de la iglesia dieron muestras de compasión, más por el hermano caído que por el enemigo vencido.

La relación Iglesia- Estado, se ha caracterizado  por momentos agridulces de tensión y de calma. Es como si la Iglesia dudara entre ganar la guerra o perder la paz. De vez en vez, hace críticas a las gestiones de uno u otro gobierno, denuncias que atizan el malestar social existente y muy conocido por todos. Por su parte,  el gobierno responde otorgando la razón a los religiosos, pero  haciendo nada para resolverlos.

Si la iglesia local declara la guerra definitiva al gobierno, tendría el apoyo incondicional del pueblo, que harto de ver en la clase política su falta de vergüenza y pulcritud con los fondos de todos, vería a los religiosos como  los jueces terrenales de los principios de justicia, igualdad, honestidad y hermandad, que se promueven desde el púlpito, como mandatos divinos.

De declarar la guerra, la Iglesia local tendría que enfrentar unos funcionarios hinchados de poder y de recursos mal habidos, que pondrían a sus ejércitos de defensores, a atacar  a la iglesia, trayendo temas sensibles para el clero, afectando la vida de los prelados y la imagen de la iglesia.

Si los del gobierno y sus serviles atacan la Iglesia local, es posible que pierdan la guerra, pero es muy probable que la Iglesia pierda la paz, porque los del gobierno, no violarían el sigilo sacramental al poner ante la opinión pública, los pormenores de los acuerdos que como el Concordato,  otorgan grandes partidas presupuestarias en exoneraciones, importaciones,  capellanías, directores de centros educativos sin concurso y que no harían bien a la imagen de la Iglesia Dominicana.

Sabiendo todo esto, es muy probable que la iglesia recule, como lo hizo, y haya preferido seguir de manera armoniosa, una relación que lleva por casi dos siglos, con el Estado dominicano. Así, demuestran que tienen más confianza en las cosas terrenales, que en las divinas que profesan. Que confían más en los bienes que le otorga el gobierno que en la Divina Providencia.

Son incuestionables los aportes que ha hecho la Iglesia Católica a la sociedad dominicana desde nuestro nacimiento como país. Sus centros educativos son ejemplo de preparación de buenos hombres y mujeres de nuestra sociedad, sus consultorios médicos dirigidos por religiosas son oasis en los sectores más desposeídos, sus universidades, trabajos pastorales en las familias y en los jóvenes y sobre todo, esos sacerdotes íntegros que con sus vidas, son el vivo aporte a la decencia y la vida de fe, en un mundo tan vacío y superficial.

La Iglesia ha preferido seguir siendo un eficaz aliado del gobierno. Desde el vicario Tomás de Portes e Infantes hasta Francisco Ozoria, la iglesia tiene un matrimonio sin divorcio con el gobierno, que solo se pelearán cuando los pingüe beneficios dejen de fluir al ritmo que se espera, solo entonces escucharemos la voz disidente de los prelados denunciando la corrupción, la injusticia social, la pobreza y el desempleo. Se oirán tambores de guerra, se arengaran a las masas, pero siempre habrá un acuerdo bajo la mesa que reafirmará la unidad armoniosa que siempre ha existido entre la Iglesia y el Estado, porque entre ganar la guerra o perder la paz, la iglesia aun no se decide.

Comenta con tú facebook


Powered by
Arriba